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La cantata sacra Nican Mopohua, recién nacida en la Basílica de la Merced, se inserta en el arco de tres siglos de música sacra latinoamericana como un homenaje que, lejos de funcionar como decoración externa, permanece como una idea latente y viva, perceptible en la propia música de Chemes.

La frugalidad del material, la claridad del decir, el reconocimiento de las culturas originarias y de su dignidad, la noción de una Latinoamérica pensada como horizonte común y la restitución de una lengua originaria tocan un nervio evidente, especialmente sensible para el Papa Francisco, ferviente guadalupano. La virtud de la propuesta fue no declamar esos ejes: los volvió forma, claridad y medida. La reivindicación estuvo ahí, sostenida por la música.

Virginia Chacon Dorr

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En diálogo con Infobae Cultura, Pedro Chemes revela detalles de la creación de su proyecto musical y cuenta su especial relación con el Papa Francisco, quien le escribió una carta felicitándolo por una obra suya y lo inspiró para componer Nican Mopohua. “Sentí que en su figura se representa todo lo que quise trasmitir; la idea de la integración cultural, del respeto por el otro, la visión trascendente del hombre y el misterio de Dios, ese fue el motivo por el cual quise dedicársela”.

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Tres siglos de música sacra en Latinoamérica no reflejan sólo la historia de un sonido, un instrumentario y un repertorio con sus propias particularidades, sino la gesta del encuentro, cuando no el choque, que configuró esas particularidades. Compuesta con un lenguaje contemporáneo y algunos elementos del folklore latinoamericano, la obra de Chemes busca proyectar ese espíritu que determinó el encuentro.

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